
El Taller de Relatos es una iniciativa cultural y terapéutica desarrollada en el Centro Penitenciario Puerto III. Está impulsada por la Pastoral Penitenciaria de Asidonia-Jerez y coordinada por el escritor y docente Javier López Menacho.
Este espacio nace con la firme convicción de que la imaginación y la palabra son herramientas fundamentales para la redención, la reflexión y la libertad interior de las personas privadas de libertad.
Con este proyecto, la Pastoral Penitenciaria reafirma su compromiso con la dignidad humana y que, incluso entre rejas, es posible sembrar esperanza y construir segundas oportunidades a la vez.
Comentarios del escritor Javier López Menacho…
“Esperanza y Libertad llegaron a los brazos de la misma persona,
padre para una y abuelo para otra,
y entonces él comprendió
que la vida solo tenía sentido desde el amor”.
Así acababa el último relato del taller literario que hemos compartido este verano en un centro penitenciario de la provincia de Cádiz.
Tres meses en los que nos hemos reído, emocionado, sensibilizado, enfurecido y llorado; donde hemos compartido vivencias propias y ajenas; donde nos hemos abierto en canal compartiendo parte de nuestra esencia. Al último relato le siguió una canción original, nacida entre esos muros. Hablaba, claro, del primer día en libertad.
El ser humano tiene un espacio común que, cuando lo habitamos con generosidad, da sentido a nuestra especie. Hacemos guerras, sí, el mal demasiado frecuentemente, también, pero en determinados momentos compartimos sin remedio la excepcionalidad de estar vivos. Mi experiencia como docente con personas privadas de libertad ha sido un regalo que nunca podré agradecer lo suficiente.
Cada semana, a través de sus relatos, he aprendido mucho sobre la condición humana. Hemos radiografiado el dolor, la esperanza, el miedo, los anhelos… la vida en los márgenes, que es también vida. Ningún miembro del grupo me ha mirado con prejuicios y yo he intentando responder de la misma manera. Y entre todas, hemos creado un espacio minúsculo en el tiempo, un centelleo eterno.
Concluía uno que las palabras son lo único inapresable. Tenía razón. Gracias a mi entorno he podido vivir esta experiencia.
Gracias a una amiga que me facilitó el contacto, a la convicción de mi hermano y un voluntario fascinante al que llamo “mi querido Sancho”, un ser inolvidable que no ha hecho otra cosa que ponerme las cosas fáciles.
Y vamos al meollo: Algunos creemos, con sinceridad, que hay muchas personas privadas de libertad. Que hay un sistema clasista y punitivo que castiga siempre al mismo perfil. Que los condicionantes que te llevan a delinquir, cuentan. Y que la mayoría del mal no lo comente el Joker de Heath Ledger, sino personas que tomaron decisiones equivocadas bajo circunstancias imprevistas. Debajo de todas esas pieles, hay más amor del que creemos.
Es un deber y una obligación social y moral mostrar sensibilidad con las personas que cometen actos punibles, y convencernos de que otro camino es posible. Es una obligación poner recursos y esmero en recuperar personas de sus desgracias. Cuando me preguntan por qué este dichoso empeño, siempre digo lo siguiente: en mi vida me hago cargo de los avances de la ciencia -de un tratamiento contra el cáncer si estuviera enfermo-, asumo los privilegios de la tecnología, los beneficios de los avances sociales, la belleza del arte y, sobre todo, la dicha que es el amor, la amistad o la generosidad. También siento.que tenemos que responsabilizarnos de nuestras desgracias, de nuestro dolor, de nuestro trastero colectivo. Acudiría sin dudarlo a intentar extinguir un incendio, a convencerle a Elon Musk del camino de la ternura, a socorrer a quienes saltan vallas o nadan hacia la incertidumbre, a ayudar al que pueda parecer irrecuperable. Es mi manera de dar las gracias a todas las personas que colaboran en fijar un horizonte de futuro en estos momentos tan complejos y oscuros de la humanidad. Una simple forma de equilibrio. No me importa que haya millones de escépticos ahí afuera, que me etiqueten de buenista o que nadie crea en esas personas, yo sí creo, aquí y ahora.
Y no estoy solo, no es una cuestión personal, hay cientos de profesionales y personas voluntarias creyendo.
Se le atribuye a Fiódor Dostoyevski, la siguiente frase:
«El grado de civilización de una sociedad se mide por la forma en que trata a sus presos».